"Si a falta de ocupación o de excesiva soledad, Dios no resistiera más y se marchara a otro lugar, sería nuestra perdición, no habría otro remedio más, que adorar a Michael Jackson, a Bill Clinton o a Tarzán”
El Octavo día/ Shakira
Ante el chaparrón de precandidatos de cara a las elecciones regionales de noviembre de este año, los venezolanos hemos sido testigos de diversos focos que llaman la atención y jugadas que demuestran la inmadurez política de los electores, lo cual sin duda afecta a los que ocupan los cargos, aquellos que a fin de cuentas mueven a la sociedad como fichas de ajedrez, pero en mayor medida y en última instancia afectan mucho más al mismo elector.
Para las próximas elecciones, tanto el gobierno como la oposición tienen algo en común: ambos ofrecen dos tipos de precandidatos. El primer tipo de candidato es el que me atrevería a llamar de popularidad mediática. Este personaje político pretende puntear las encuestas apoyándose en su exposición en los medios de comunicación o en la vida pública en general. Su fuerte no necesariamente son los trabajos realizados en las alcaldías o gobernaciones que aspiran, tampoco se esfuerzan por mostrar su experiencia en el ámbito político, porque muchos ni siquiera la tienen. El precandidato de popularidad mediática, tiene además la fortuna del efecto que tiene su presencia en la mente de los electores, los cuales en muchos casos votan por una cara conocida.
El otro tipo de precandidato que tiene el gobierno y también la oposición, es al que llamaremos candidato por trabajo realizado (sin decir con esto que los primeros candidatos no trabajan), este aspirante se lanza respaldado casi siempre por un partido político y sobre todo soportado por su experiencia y años de trabajo en el corazón de las alcaldías y gobernaciones. Sin embargo, el candidato por trabajo realizado no siempre es conocido a escala nacional y su nombre sólo ha salido de su municipio o estado cuando comienza la campaña electoral.
El problema de todo esto no es que haya esos dos tipos de precandidatos, al contrario ¿Qué más democrático que escoger candidatos dentro del mismo gobierno o dentro de la misma oposición a través de encuestas? El problema es precisamente el resultado de algunas encuestas, las cuales dan ganadores a los candidatos de popularidad mediática por encima de los candidatos por trabajo realizado. Y ni siquiera son las encuestas el problema, lo que debe preocuparnos es la siguiente pregunta: ¿Qué factores influyen en el elector venezolano para escoger a un precandidato? ¿Acaso preferimos caras conocidas y nombres rimbombantes por encima de indagar en los que no se hacen tan conocidos?
Todo parece indicar que la situación política de nuestro país en los últimos años ha sido favorable para que un montón de hombres con ambiciones de poder, no necesariamente políticos, estén presentes en las mentes de los electores de una u otra manera; y ellos han visto el año 2008 como una oportunidad para ser parte de una nueva categoría de candidatos, los de popularidad mediática. Algunos de ellos tienen programas de televisión, otros han enfrentado a Hugo Chávez en alguna circunstancia, y el resto simplemente no sabemos de dónde los conocemos tanto.
Este fenómeno curioso y deplorable que está sucediendo en Venezuela en un año de elecciones de gobernadores y alcaldes, resulta peligroso para la correcta escogencia de los actores políticos en un momento en el cual la polarización es la mayor protagonista. La tarea de todos debe ser informarnos sobre cada uno de nuestros precandidatos, ¿De qué sirve que toda Venezuela crea que en Baruta gana Liliana Hernández si quienes votan son los habitantes de Chacao y conocen el trabajo de Emilio Graterón dentro del Municipio? El reto está en decidir con conocimiento de causa y escoger al hombre que mejor satisfaga las necesidades del estado o del municipio, pero no las necesidades para fortalecer a la oposición, ni para reivindicar la imagen del gobierno.
jueves, 13 de noviembre de 2008
jueves, 30 de octubre de 2008
La noche de remate de caballos, (no) como siempre
El narrador del 5 y 6 se quedó narrando solo, en el 23 nadie lo siguió escuchando, se oyeron ambulancias y una bomba y una estruendosa caída y gritos. Y otros no oyeron nada. Y otros dejaron de oír.
Era noche de remate de caballos, y como siempre, un grupo de amigos de los bloques del 23 de enero, se reunieron para ver las carreras. Como siempre, mucho ruido, muchos gritos de los hombres aupando a sus caballos, a sus jinetes, a sus compañeros. Eufóricos por ganar apuestas que después no celebrarían. La voz in crescendo del narrador de los caballos aumentaba la emoción de los del 23. Cada vez faltaba menos para la meta, cada vez gritaba más el narrador, cada vez faltaba menos para la explosión.
Nadie recuerda si llegaron a oír el final de la carrera, nadie recuerda la explosión de alegría del narrador, pero sí oyeron otra explosión, y no, no eran los plomos de siempre. Esta vez no fue como siempre, esta vez no había pasado nunca. Y pasó cuando un joven vecino de los demás vecinos, en medio de uno de sus frecuentes viajes de drogadicción, lanzó una granada en la zona donde como siempre, eran los remates de caballo.
Los que se encontraban en la caminería del bloque 35 vieron caer algo extraño desde arriba, o no lo vieron, porque todo sucedió muy rápido. Algo que cayó explotó y después supieron que fue una granada, tres de ellos nunca lo sabrán, porque murieron con la explosión. Otros 19, están internados en varios hospitales, y si logran salir de allí, algún vecino les contará cómo sucedió todo la noche de los caballos y la noche de la explosión y la noche que Jefferson José Arnal lanzó una granada.
Era noche de remate de caballos, y como siempre, un grupo de amigos de los bloques del 23 de enero, se reunieron para ver las carreras. Como siempre, mucho ruido, muchos gritos de los hombres aupando a sus caballos, a sus jinetes, a sus compañeros. Eufóricos por ganar apuestas que después no celebrarían. La voz in crescendo del narrador de los caballos aumentaba la emoción de los del 23. Cada vez faltaba menos para la meta, cada vez gritaba más el narrador, cada vez faltaba menos para la explosión.
Nadie recuerda si llegaron a oír el final de la carrera, nadie recuerda la explosión de alegría del narrador, pero sí oyeron otra explosión, y no, no eran los plomos de siempre. Esta vez no fue como siempre, esta vez no había pasado nunca. Y pasó cuando un joven vecino de los demás vecinos, en medio de uno de sus frecuentes viajes de drogadicción, lanzó una granada en la zona donde como siempre, eran los remates de caballo.
Los que se encontraban en la caminería del bloque 35 vieron caer algo extraño desde arriba, o no lo vieron, porque todo sucedió muy rápido. Algo que cayó explotó y después supieron que fue una granada, tres de ellos nunca lo sabrán, porque murieron con la explosión. Otros 19, están internados en varios hospitales, y si logran salir de allí, algún vecino les contará cómo sucedió todo la noche de los caballos y la noche de la explosión y la noche que Jefferson José Arnal lanzó una granada.
A muchos los sorprendió la bomba, pero no les extrañó el autor. Luego de la caída inesperada del punto negro que se convirtió en bomba, cayó del piso ocho, algo más grande, alto, muy delgado, pero cayendo se veía enorme, era Jefferson, saltó al vacío y se mató. A Jefferson le decían “Urraca” y también le decían “Gaferson”, su familia que ya no vivía con él había logrado que terminara bachillerato, y él logró conseguir dos trabajos, pero después su trabajo se convirtió en plural y se hicieron sus vicios. Las drogas lo consumieron y lo hicieron alucinar varias veces. Sus delirios los convencieron de que lo iban a matar.
Jefferson era inteligente, era capaz de desarmar una moto y volverla a ensamblar, y funcionaba después. Pero no fue tan inteligente a la hora de administrar sus dones. Se dedicó a reparar armas, las de los matones del 23, las de los plomos de siempre. Era noche de remate de caballos, y nada terminó como siempre.
MARIA ALESIA SOSA C.
MARIA ALESIA SOSA C.
miércoles, 9 de abril de 2008
Mi carta finalista del Concurso Montblanc 2008

Te escribo una carta quizás repetida por muchos o tal vez por ninguno. Es una carta de amor y agradecimiento, un amor que todos
debemos sentir, pero sólo algunos agradecemos.
Algunos han muerto por ti y tú has muerto para algunos, pero lo
cierto es que todo el que nace tiene el placer de conocerte
desde el preciso instante en el cual existimos.
Te amo porque estás conmigo y yo contigo desde que alguien supo
que iba a ser persona. Porque me enseñaste a ser dueña de mí y
a escoger lo que me provoque hacer. Te amo porque me dejas
decidir qué es lo que más me conviene. Porque un día puedo ser
malcriada y al otro día puedo ser madura. Porque me permites elegir entre vainilla o chocolate, entre medicina o derecho, ciencias o humanidades, entre el capitalismo o comunismo, y siempre respetas la decisión que tomo.
Te amo porque me enseñaste la medida justa de las cosas, o no me
la enseñaste, dejaste que yo aprendiera porque así lo quería.
Te amo porque cuando me sueltas un poco las riendas, me enseñas que abusar de tus permisos tiene consecuencias; y tú sabes que las consecuencias pueden ser aún peores si te restringes.
Te amo también porque me diste las opciones para descubrir lo
que me apasionaba, sin ti no hubiera podido, entre otras cosas,
ni leer ni escribir. (Dos de mis pasiones, por cierto).
Te amo porque gracias a ti, mis valores son los que yo quiero que sean y los principios de mi vida son producto de las decisiones que yo tomé.
Y si al leer esta carta pensaste que iba dirigida a mi mamá, ¡te equivocaste! La carta fue escrita para LA LIBERTAD.
María Alesia Sosa Calcaño.
Se llama Pedro Salcedo por Carolina Jaimes B.
Esto lo escribió Carolina Jaimes Branger y es la historia de un niño de Campo Rico, el colegio que tienen las monjas de mi colegio en esa zona. ¡Es espectacular!
Se llama Pedro Salcedo
Recuerden este nombre. La suya es una historia de obstáculos vencidosy éxitos alcanzados, de retos superados y sueños cumplidos que vale lapena contar.Pedro nació y creció en Campo Rico, Petare. Buen estudiante, estudióhasta noveno grado en la escuela Corazón de María que tienen en elsector las religiosas Ursulinas. Después de terminar el bachillerato,quiso estudiar medicina y se inscribió en la UCV. Lo aceptaron enCoro. Pensó en posponer los estudios, porque no tenían recursos paracubrir su vida en Falcón. Pero su mamá, una mujer "echada pa'lante",le dijo: "usted se va detrás de sus sueños, que aquí haremos todo paramantenerlo allá".
Paralelamente a sus estudios de medicina, Pedro aprendió a hablaringlés, con todo y acento británico. Trabajó traduciendo textos parasus compañeros. Muchas veces se acostó a dormir sin comer, pero muchasotras también encontró en su cuenta de ahorros "regalitos" de lamaravillosa Carmen Josefina Manzanillo, directora de su colegio deCampo Rico. Se graduó de médico y lo empleó la empresa SanitasVenezuela, donde fue premiado como "Médico del Año" con un viaje a Milán.Un día llegaron tres funcionarios de la Embajada de Japón y Pedro losatendió porque hablaba inglés. Ellos quedaron tan bien impresionadoscon él que le hablaron de optar por una beca: uno en doscientoscincuenta la obtendría y Pedro la obtuvo. Pero faltaba un requisito:ser aceptado por una universidad japonesa...
Pedro consideró aplicar a universidades de segunda línea, porque pensóque el no hablar japonés descartaba las de primera línea. Pero las desegunda línea no tenían el posgrado en investigación del SIDA quequería hacer. Entonces recordó lo que decía su mamá de seguir lossueños y aplicó a las mejores universidades de Japón. Al poco tiemporecibió una llamada del médico que ha logrado los últimos avances enla lucha contra el virus del VIH, quien le propuso que fuera suasistente, con admisión en una de las mejores universidades de Japónincluida.El jueves pasado Pedro se fue de Venezuela detrás de su sueño.Prometió regresar en cuatro años para retribuirle al país lo que le hadado. Que no se les olvide su nombre: se llama Pedro Salcedo. A lavuelta de unos años estará en el "salón de la fama" de los médicosvenezolanos.
cjaimesbranger@gmail.com
domingo, 6 de enero de 2008
Somos Ricos

Fui a darle el pésame a la madre, destrozada, pálida, hinchada de tanto llorar, intentando mantenerse sentada sobre una silla, y en sus ojos se reflejaba el dolor más profundo de su vida, por la muerte de su hijo. Mientras observaba aquella trágica escena, pensaba para mis adentros lo curioso e irónico que es, que la persona que te da la máxima felicidad posible, puede ser la misma que te puede causar el dolor más grande. Su hijo, que siempre fue su mayor felicidad, ese día se convirtió en el causante su peor tristeza.
Exactamente igual sucedió y continúa sucediendo en nuestro país. Lo mismo que nos hizo inmensamente ricos, nos ayudó a conocer la pobreza. La misma cosa que abrió fuentes de trabajo, causó altos niveles de desempleo. Aquello que nos etiquetaba de desarrollados, contribuyó para convertirnos en tercermundistas. En nuestro caso, el hijo vivo o muerto, es el petróleo.
La historia del oro negro comienza cuando en 1914 el pozo Zumaque I descubre el campo Mene Grande en la costa oriental del lago de Maracaibo (¡Más vale que no!) y su petróleo abre para Venezuela los mercados energéticos mundiales. En ese momento la producción era de 24 barriles diarios de crudo Mene Grande de 18 grados API, a través de bombeo mecánico. En cualquier caso, con términos petroleros o no, desde ese día, en nuestras mentes, “somos ricos”. Como un pobre ignorante que gana la lotería y piensa que tiene la vida resuelta, pues con dinero todo se soluciona. Así pensó y continúa pensando el venezolano: “Con petróleo, todo se resuelve”. O no. Yo diría que todo se pone más complicado.
Venezuela, como la mayoría de los países del mundo, generaba sus ganancias a través de la agricultura. Fue desde siempre inmensamente privilegiada, ya que gozaba de una ubicación espacial y clima maravillosos para la óptima producción de demasiados productos que se daban en sus tierras. Sembradíos de café y cacao, reconocidos por su buena calidad internacionalmente. Así como caña de azúcar, incontables granos, frutas y miles de vegetales. Tierras que los campesinos trabajaban y con lo que se mantenían viviendo en el interior de todo el país.
Pero aquel día negro, el día del descubrimiento del petróleo, cambió totalmente la situación y el pensamiento de todos y cada uno de los venezolanos. La idea de riqueza colectiva llenó las cabezas de los campesinos y decidieron dejar el campo buscando en la ciudad las supuestas oportunidades de magnate que les brindaría el maravilloso mineral. El venezolano actuó como un niñito con juguete nuevo, que deja botados al resto de los juguetes por la emoción de lo nuevo, lo último, sin saber que los juguetes de antes también hacen falta para complementar el estante.
El petróleo disparó la economía nacional y su producción generó con el paso del tiempo, cada vez más riquezas. Mientras tanto a los niños les enseñaban en sus colegios, que éramos un país rico. Y esa idea de riqueza se quedaría en sus cabezas, llevándolos irónicamente a conocer la pobreza. Porque los niños se quedaron paralizados con la idea de que éramos un país rico, “con petróleo estamos salvados”. Igualmente se disparó una corrupción desmedida, que llevó al “país rico” a ser cada vez más pobre.
Decidimos convertirnos en un país mono- productor, teniendo todo para que nuestra economía tuviera muchos pilares, ¡Total, Éramos ricos!
Y esa actitud, que comenzó con el auge del petróleo se ha mantenido hasta nuestros días, y es quizás la razón de la mayoría de nuestros problemas como Nación. Es una actitud conformista y poco ambiciosa. Nos hemos ido quedando con lo que se puede y lo que “nos manda Dios”, en vez de explotar las maravillas que tenemos y sacarle el jugo hasta al último rincón más recóndito de Venezuela.
Una comparación sencilla resulta conveniente. Aquí, tenemos las playas más bellas del mundo en una situación sumamente privilegiada, que podría recibir millones de turistas al año si las condiciones estuvieran dadas o más bien generadas, pero resulta que el venezolano ya tenía suficiente con el petróleo y no necesitó ir más allá, ni se propuso desarrollar tanto ese ámbito porque no le hacía falta, “Porque ya somos ricos…” Por otro lado, tenemos a la pequeña isla de Aruba, que a principios del siglo XX era literalmente “un peladero de chivo”, sin si quiera un sistema de agua desarrollado para su pequeña población. Sin embargo al poco tiempo los habitantes comenzaron a generar un desarrollo turístico inmenso y a explotar la única posibilidad que tenían para subsistir económicamente: el turismo. Hoy en día, Aruba es uno de los destinos más frecuentados, si no el más, de las islas del caribe y de los turistas que buscan vacacionar en las playas. Una vez más, la idea de riqueza que nos generó el petróleo es la nube en la cabeza para el desarrollo de nuevas ideas.
Con el descubrimiento y Nacionalización del petróleo surgió una tecnología de primera y se emprendió la construcción de carreteras, autopistas, viaductos y puentes que facilitaron las comunicaciones y convirtieron a Venezuela en los años cincuenta, en uno de los países más desarrollados en cuanto a infraestructura. Pero nos quedamos con esas mismas carreteras, puentes, autopistas y viaductos. Esa idea de tenerlo todo se mantuvo en la cabeza del venezolano aún cuando lo comenzó a perder. Hoy, nos encontramos incomunicados, somos parte de los países subdesarrollados en cuanto a tecnología e infraestructura. ¿Alguna razón que explique el fenómeno? En mi opinión, porque a los niños en las escuelas les seguían enseñando que “éramos ricos”.
Me pregunto ¿Cómo sería Venezuela, si aún tuviera una producción agrícola y la exportara al resto del mundo? Seguramente las ciudades estarían limpias de los cordones de pobreza y los poblados del interior hubieran logrado cierto desarrollo. Seríamos un país multi- productor y lo más importante, en nuestra mente no tendríamos la riqueza como punto de partida sino como meta a alcanzar a través del trabajo.
Lo tenemos todo, pero no entendemos cómo es que a la final no tenemos nada. Somos materia prima y nosotros mismos tenemos que convertirnos en producto, pero no aspiramos a tanto. Como dicen por ahí, queremos las cosas “en bandejita de plata”, y “nos quedamos en el aparato”.
El petróleo, como el hijo de la madre, es un arma de doble filo, en sus dos extremos. Lo triste del caso, es que no ha hecho falta que el petróleo muera o se acabe, para que Venezuela comience a sufrir sus consecuencias negativas.Y a los niños en los colegios les continúan enseñando que “Somos Ricos”.
Maria Alesia Sosa C.
viernes, 7 de diciembre de 2007
Testimonio de un exiliado
Este es el testimonio que escribí a partir de la entrevista que le hice a un exiliado.
Testimonio: Cuando me tuve que ir de mi casa
Maria Alesia Sosa
Me lo contó fuera de las fronteras del país que lo vio nacer, el país para el cual trabajó toda su vida. Él entregó su carrera y su juventud a un pedazo de tierra, del que por razones políticas, pero injustas tuvo que salir.
A los 17 años cuando al parecer era demasiado inmaduro para escoger el oficio que haría toda mi vida decidí estudiar Ingeniería Mecánica. Podía no estar seguro de mi verdadera vocación, pero con tan pocos años de edad estaba convencido de algo: amaba mi país y quería trabajar para él y vivir en él, siempre. ¡Qué curioso! Aquella decisión cambiaría mi vida para siempre. PDVSA era la NASA de esta nación, y allí me contrataron siendo un chamito para el desarrollo de la novedosa orimulsión.
Pero en octubre de 2007 me tuve que ir de mi país. No me siento un desertor, pasé 18 años de mi vida trabajando para mi gente, para mi patria, para los gobiernos de turno, para los demás países. La experiencia de mi exilio comenzó inesperadamente cuando en 2002 me uní al paro petrolero, porque me negué a aceptar lo que trataban de imponer. Fui expulsado y perseguido. Se me abrió un juicio administrativo y aquella noticia fue publicada en una página completa de El Universal en febrero de 2006. Fui humillado públicamente, fui tratado como el peor de los delincuentes.
Me tuve que ir, pero en Venezuela dejo mi vida entera. Ahí están mis amigos, mi familia, mis memorias, ahí está mi país. Yo tenía mi vida consolidada en Venezuela y nunca pensé que tendría que huir de la manera más indigna. No sólo me despidieron de mi trabajo, a mí me quitaron mi plata, mi carrera, hasta perdí el derecho de tener pasaporte, mi nombre no puede aparecer en documentos de mis negocios. He tenido que esconderme como un criminal, cuando toda mi vida me he regido por grandes principios.
Yo no me he ido de Venezuela, Venezuela se fue de mí. Y aunque suene impresionante, no le debo nada a ese país. Y la Pdvsa de hoy no es la empresa para la que yo trabajé, esa empresa está muerta y yo no puedo sentir nada por algo que no existe.
Los últimos días en suelo venezolano los pasé vendiendo cosas, los muebles, la casa, los carros. Y aunque estaba convencido de mi decisión sentía una ambivalencia muy grande, tenía un gran duelo interior pero a la vez estaba lleno de esperanza.
Para mis hijos (de 6 y 4 años) ha sido muy duro porque no tienen la comprensión, ellos sienten que están dejando a sus amiguitos. A veces me pregunto qué les voy a contar sobre Venezuela, y he llegado a la conclusión de dejarlos a ellos formarse su propia versión del país de donde vienen. Porque si decido sacar lo que tengo por dentro no tendré la capacidad de contarles algo neutral. Por ahora no puedo hablar de eso con ellos, quizás en unos años porque les daría mi opinión que es muy sesgada y muy dolida. Con mi hijo mayor, he jugado a La vida es bella, porque no quiero que nada de esto entre en su corazón.
En el lugar donde me encuentro me han dado las facilidades y apertura que Venezuela nunca me dio. Para mí, la mayor bendición es que no me siento un extraño. Pero hay una cosa absolutamente cierta, y es que haberme tenido que ir de mi patria me dejó una herida y esa herida no sanará nunca.
Maria Alesia Sosa
Me lo contó fuera de las fronteras del país que lo vio nacer, el país para el cual trabajó toda su vida. Él entregó su carrera y su juventud a un pedazo de tierra, del que por razones políticas, pero injustas tuvo que salir.
A los 17 años cuando al parecer era demasiado inmaduro para escoger el oficio que haría toda mi vida decidí estudiar Ingeniería Mecánica. Podía no estar seguro de mi verdadera vocación, pero con tan pocos años de edad estaba convencido de algo: amaba mi país y quería trabajar para él y vivir en él, siempre. ¡Qué curioso! Aquella decisión cambiaría mi vida para siempre. PDVSA era la NASA de esta nación, y allí me contrataron siendo un chamito para el desarrollo de la novedosa orimulsión.
Pero en octubre de 2007 me tuve que ir de mi país. No me siento un desertor, pasé 18 años de mi vida trabajando para mi gente, para mi patria, para los gobiernos de turno, para los demás países. La experiencia de mi exilio comenzó inesperadamente cuando en 2002 me uní al paro petrolero, porque me negué a aceptar lo que trataban de imponer. Fui expulsado y perseguido. Se me abrió un juicio administrativo y aquella noticia fue publicada en una página completa de El Universal en febrero de 2006. Fui humillado públicamente, fui tratado como el peor de los delincuentes.
Me tuve que ir, pero en Venezuela dejo mi vida entera. Ahí están mis amigos, mi familia, mis memorias, ahí está mi país. Yo tenía mi vida consolidada en Venezuela y nunca pensé que tendría que huir de la manera más indigna. No sólo me despidieron de mi trabajo, a mí me quitaron mi plata, mi carrera, hasta perdí el derecho de tener pasaporte, mi nombre no puede aparecer en documentos de mis negocios. He tenido que esconderme como un criminal, cuando toda mi vida me he regido por grandes principios.
Yo no me he ido de Venezuela, Venezuela se fue de mí. Y aunque suene impresionante, no le debo nada a ese país. Y la Pdvsa de hoy no es la empresa para la que yo trabajé, esa empresa está muerta y yo no puedo sentir nada por algo que no existe.
Los últimos días en suelo venezolano los pasé vendiendo cosas, los muebles, la casa, los carros. Y aunque estaba convencido de mi decisión sentía una ambivalencia muy grande, tenía un gran duelo interior pero a la vez estaba lleno de esperanza.
Para mis hijos (de 6 y 4 años) ha sido muy duro porque no tienen la comprensión, ellos sienten que están dejando a sus amiguitos. A veces me pregunto qué les voy a contar sobre Venezuela, y he llegado a la conclusión de dejarlos a ellos formarse su propia versión del país de donde vienen. Porque si decido sacar lo que tengo por dentro no tendré la capacidad de contarles algo neutral. Por ahora no puedo hablar de eso con ellos, quizás en unos años porque les daría mi opinión que es muy sesgada y muy dolida. Con mi hijo mayor, he jugado a La vida es bella, porque no quiero que nada de esto entre en su corazón.
En el lugar donde me encuentro me han dado las facilidades y apertura que Venezuela nunca me dio. Para mí, la mayor bendición es que no me siento un extraño. Pero hay una cosa absolutamente cierta, y es que haberme tenido que ir de mi patria me dejó una herida y esa herida no sanará nunca.
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